20 años de formación como psicólogo

Lo que me han enseñado más de veinte años de formación

¿Solo es buena formación si lleva el sello de una universidad?

Hay algo que llevo tiempo observando y que me invita a reflexionar sobre cómo valoramos la formación profesional.

¿Por qué tendemos a conceder más credibilidad a una formación simplemente porque la imparte una universidad? ¿Sabemos realmente qué significa que un título sea oficial, habilitante o que una formación esté acreditada? ¿Conocemos qué garantías ofrece cada una de estas modalidades?

No quiero demostrar que las escuelas privadas sean mejores que las universidades. No creo que esa sea la cuestión.

Lo que me gustaría cuestionar es nuestra tendencia a confundir el prestigio institucional con la calidad real de una formación, y contribuir a que tengamos más conocimientos y herramientas para valorar aquello que estudiamos y aquello a lo que concedemos reconocimiento.

Lo que me han enseñado más de veinte años de formación

Terminé mi Licenciatura en Psicología en 2004.

Desde entonces, he continuado formándome de manera prácticamente ininterrumpida. Mi recorrido incluye ocho ámbitos y enfoques de especialización: terapia sistémica, recursos humanos, sexología, coaching, psicoanálisis, EMDR, psicodrama y psicología cognitivo-conductual, esta última presente ya de manera predominante en mi formación universitaria de base.

Algunas de estas formaciones las he realizado en universidades y otras en escuelas privadas especializadas.

Mi criterio para elegir dónde formarme no ha sido tanto quién expedía el título, sino quién podía enseñarme aquello que quería aprender y con qué profundidad podía hacerlo.

He procurado acercarme a profesionales de referencia en sus respectivos campos. No tanto para reproducir sus maneras de trabajar, sino para conocer sus conocimientos, sus fundamentos y sus técnicas de la mano de personas con una trayectoria y experiencia reconocidas.

Quería comprender cada enfoque lo mejor posible antes de decidir qué podía aportarme.

Porque aprender un modelo no significa necesariamente identificarse con él. Y conocer una técnica no obliga a incorporarla a nuestra práctica.

Cuanto más conocemos, más posibilidades tenemos de elegir con criterio. Y cuanto más contrastamos, más capaces somos de reconocer tanto las aportaciones como las limitaciones de aquello que aprendemos.

A lo largo de estos años he descubierto que es en la corriente humanista donde me siento más cómoda. Es una orientación que conecta especialmente con mi manera de comprender a las personas, las relaciones y los procesos de cambio.

Pero sentirme cómoda en un enfoque no significa que considere que los demás carecen de valor, ni que todo lo que pertenece a mi orientación deba aceptarse sin cuestionamientos.

Esta es una diferencia que me parece fundamental.

No es lo mismo preguntarme «¿esto me sirve para mi manera de trabajar?» que preguntarme «¿esto tiene validez, fundamento y garantías para su aplicación profesional?».

La primera pregunta tiene que ver con mi orientación, mis competencias, mi contexto de trabajo y mi manera de ejercer la profesión. La segunda requiere contrastar conocimientos, evidencia científica, límites, indicaciones y criterios éticos.

Algo puede tener valor y no encajar en mi práctica. Del mismo modo, algo puede resultarme atractivo y, sin embargo, no contar con suficiente respaldo para utilizarlo responsablemente.

Aprender a distinguir ambas cosas también forma parte de nuestra formación.

Por eso, además de estudiar, me he supervisado a lo largo de mi trayectoria y continúo supervisando mi práctica profesional. Con los años, mi recorrido también me ha permitido asumir el rol de supervisora y acompañar a otros profesionales en la revisión y el desarrollo de su propia práctica.

Porque considero que aprender y revisar lo aprendido son procesos inseparables. Afortunadamente, ni la Psicología ni quienes la ejercemos permanecemos inmóviles.

Las ciencias evolucionan. Sus conocimientos se revisan, se cuestionan, se amplían y, cuando corresponde, se modifican o se descartan. Las distintas corrientes psicológicas también evolucionan, dialogan entre ellas y se enriquecen con nuevas investigaciones, experiencias y aportaciones profesionales.

Quienes mantenemos un compromiso con nuestra formación tenemos la oportunidad y la responsabilidad de evolucionar con ellas.

A veces incorporamos nuevos conocimientos. Otras veces descubrimos que algo que aprendimos hace años necesita revisarse. Y en ocasiones encontramos una manera diferente de comprender lo que ya creíamos conocer.

Evolucionar profesionalmente no consiste en acumular cada vez más técnicas, sino también en aprender a elegirlas mejor, revisar nuestras certezas y reconocer nuestros límites.

Desde esta perspectiva, mi experiencia me ha enseñado que no he aprendido más en las formaciones universitarias simplemente por el hecho de ser universitarias.

He encontrado formaciones excelentes en ambos contextos y otras que no han respondido a mis expectativas. Y algunas de las experiencias formativas que más han transformado mi práctica profesional han tenido lugar fuera de la universidad.

Además, he tenido la oportunidad de conocer una perspectiva diferente del mundo universitario.

Fui contratada como experta para asesorar en la revisión y validación de propuestas de planes de estudio de una universidad, concretamente en programas de formación especializada no habilitante, como los títulos de experto universitario.

Aquella experiencia me permitió conocer desde dentro algunos procesos de elaboración de la oferta formativa. Y encontré propuestas que, desde mi criterio profesional, tenían una profundidad académica insuficiente y parecían responder más a intereses comerciales que a objetivos de aprendizaje verdaderamente exigentes.

No voy a identificar a la institución, porque no es el objetivo de esta reflexión. Tampoco sería justo generalizar aquella experiencia al conjunto del sistema universitario.

Pero sí me permitió comprender algo que considero importante: que una formación lleve el nombre de una universidad no garantiza, por sí mismo, su excelencia. Del mismo modo que una formación impartida por una escuela especializada no tiene menor calidad simplemente por ser privada.

Eso no me lleva a considerar mejores las escuelas privadas. Me lleva a preguntarme por qué seguimos utilizando la procedencia institucional como si fuera una medida suficiente de la calidad formativa.

psicologia centro mte

¿Sabemos realmente qué significa que una formación sea oficial, habilitante o acreditada?

Aquí creo que merece la pena detenernos, porque utilizamos estos conceptos con frecuencia y no siempre significan lo que pensamos.

En España existen diferencias legales entre las titulaciones universitarias oficiales, los títulos propios universitarios y las formaciones especializadas acreditadas por organizaciones profesionales.

Y conviene distinguir tres conceptos:

La oficialidad académica significa que una titulación forma parte del sistema universitario oficial y tiene reconocimiento estatal. Es el caso de los grados, los másteres universitarios oficiales y los doctorados.

La habilitación profesional supone que una titulación o una vía de cualificación cumple los requisitos legales exigidos para ejercer una profesión regulada.

La acreditación profesional es el reconocimiento que una entidad otorga a una formación, escuela o profesional después de comprobar que cumple determinados requisitos. Su alcance depende de quién acredita, qué criterios utiliza y qué reconocimiento tiene esa acreditación.

Son conceptos relacionados, pero no equivalentes.

En Psicología sanitaria, por ejemplo, el Máster Universitario en Psicología General Sanitaria es una titulación oficial habilitante. También existe la vía de especialización en Psicología Clínica mediante el sistema PIR, además de determinadas situaciones profesionales reconocidas por la legislación anterior.

Pero existen otros másteres universitarios oficiales en Psicología que no habilitan para ejercer una nueva profesión regulada. Las propias universidades imparten multitud de títulos no oficiales: másteres de formación permanente, diplomas de especialización, diplomas de experto y otras actividades de formación continua. Estas enseñanzas tienen una regulación universitaria específica y mecanismos de garantía de calidad, pero no poseen el mismo carácter ni los mismos efectos que un título universitario oficial.

Por su parte, las asociaciones profesionales y científicas también pueden establecer requisitos, procedimientos de evaluación y sistemas de acreditación para reconocer determinadas formaciones especializadas.

No todos estos reconocimientos ofrecen las mismas garantías ni producen los mismos efectos legales. Por eso es importante conocerlos.

Lo que no existe es una clasificación estatal que determine que cualquier formación universitaria no habilitante sea, necesariamente, de mayor calidad que cualquier formación especializada acreditada por una organización profesional.

El marco legal reconoce categorías diferentes, pero la calidad de la enseñanza necesita valorarse atendiendo también al programa, sus fundamentos, el profesorado, la metodología, la evaluación y las competencias que realmente permite desarrollar.

Quien desee comprobar estas diferencias puede consultar el Real Decreto 822/2021, especialmente sus artículos 36 y 37, sobre las enseñanzas universitarias propias y la formación permanente, o la Ley 33/2011, en su disposición adicional séptima, que regula la Psicología en el ámbito sanitario.

¿Y qué valor tienen realmente los créditos universitarios?

Este es otro aspecto que me parece interesante aclarar.

A veces parece que acumular créditos universitarios es sinónimo de mayor preparación o prestigio profesional. Pero ¿sabemos qué representa realmente un crédito ECTS?

El ECTS es una unidad académica que expresa la carga de trabajo del estudiante. Según el Real Decreto 1125/2003, un crédito equivale, con carácter general, a entre 25 y 30 horas de dedicación, incluyendo clases, estudio, actividades, trabajos, prácticas y evaluación.

Es decir, los créditos permiten cuantificar la dedicación académica prevista, pero no miden directamente la calidad de la enseñanza ni el nivel de competencia profesional alcanzado.

¿Significa eso que los créditos no sirven para nada una vez terminada la carrera? En absoluto.

Pueden tener utilidad para acceder a determinados estudios posteriores, facilitar reconocimientos académicos o aportar méritos en oposiciones, concursos y bolsas de empleo, siempre que las bases correspondientes así lo establezcan.

Pero no existe una acumulación universal de créditos que, automáticamente, otorgue mayor prestigio, competencia o reconocimiento profesional.

Además, los créditos ECTS también pueden utilizarse en títulos propios universitarios. Que un programa tenga asignados créditos ECTS no significa, por sí mismo, que sea un título oficial o que habilite para ejercer una profesión regulada.

Y aquí vuelvo a preguntarme: ¿podemos determinar qué profesional está mejor preparado simplemente sumando créditos? ¿Cuántas horas de estudio garantizan que alguien sabe aplicar responsablemente lo aprendido?

La duración y la dedicación son datos relevantes. Pero necesitamos otros criterios para valorar la profundidad, las garantías y los resultados de una formación.

formacion como psicologo

Una invitación a comprender, no a juzgar

No escribo estas reflexiones para defender que unas formaciones sean mejores que otras, ni para cuestionar la importancia de la universidad.

Su contribución a la investigación, la generación de conocimiento y la formación profesional es imprescindible.

Me interesa algo diferente: contribuir a que tengamos más herramientas para pensar críticamente sobre aquello a lo que concedemos valor.

Porque pensar críticamente no es buscar defectos, desacreditar o emitir juicios sobre lo que desconocemos.

Es querer comprender.

Es preguntarnos qué sabemos, qué desconocemos, en qué se fundamenta una afirmación y qué criterios estamos utilizando para aceptarla.

Es ser capaces de reconocer que algo puede ser diferente sin ser necesariamente peor.

Y también es saber identificar cuándo una propuesta carece de las garantías necesarias, porque la apertura a diferentes enfoques no significa que todo sea igualmente válido.

Podemos reconocer distintas maneras de aprender, de enseñar y de ejercer una profesión sin renunciar al rigor.

Podemos valorar la riqueza de diferentes corrientes psicológicas sin asumir que todas sus propuestas tienen el mismo respaldo científico.

Podemos descubrir que un enfoque no encaja con nuestra manera de trabajar y, aun así, reconocer sus aportaciones.

Y podemos sentirnos profundamente identificadas con una orientación sin dejar de cuestionarla.

A mí me gustaría que este artículo contribuyera precisamente a eso: a ampliar nuestra mirada.

A que antes de juzgar una formación por el nombre de quien expide el diploma nos interesemos por conocer sus contenidos, sus fundamentos, su profesorado, sus procedimientos de evaluación y sus garantías.

A que podamos distinguir entre reconocimiento académico, habilitación profesional, acreditación y calidad formativa.

A que sepamos diferenciar lo que personalmente nos resulta útil de lo que cuenta con validez y respaldo suficiente.

Y a que aceptemos que nuestro conocimiento siempre es susceptible de enriquecerse.

Después de más de veinte años formándome y ejerciendo como psicóloga, sigo aprendiendo. Sigo revisando mi práctica y sigo encontrando nuevas preguntas que me invitan a estudiar, contrastar y comprender mejor.

Seguirá siendo así durante muchos años.

Entiendo la formación como una forma de contribuir. Contribuir a mejorar nuestra manera de acompañar a las personas. A construir conocimientos más sólidos. A compartir lo que vamos aprendiendo. A revisar aquello que necesita cambiar y a enriquecer nuestra profesión con responsabilidad.

Contribuir a crecer, individual y colectivamente, desde la curiosidad, el respeto y el rigor.

No se trata de que todo nos parezca válido.

Se trata de tener el conocimiento suficiente para comprender qué lo es, qué no lo es y por qué. Y de reconocer que nuestras preferencias personales no son, por sí mismas, una medida de validez.

Porque una mirada crítica no tiene por qué ser una mirada que juzga.

Puede ser, precisamente, una mirada que se esfuerza por comprender antes de sacar conclusiones.

Me gustaría que profesionales y no profesionales tuviéramos presente algo que considero fundamental:

No todo lo oficial habilita. No todo lo universitario es oficial. No todo lo acreditado tiene el mismo reconocimiento. Y no todo lo que no es universitario carece de rigor.

La seriedad de una formación no debería medirse únicamente por el nombre de quien firma el diploma, sino también por aquello que exige, enseña, evalúa y permite desarrollar.

Y quizá, antes de llamar «cursillo» a una formación que desconocemos, deberíamos dedicar un poco de tiempo a conocerla.

No para demostrar que es mejor ni peor que otra.

Simplemente para tener suficientes elementos de juicio como para saber de qué estamos hablando.

Mi reconocimiento al Psicodrama

Y quiero concluir este artículo con el reconocimiento y el respaldo expreso al Psicodrama, una disciplina que, a través de una formación rigurosa y completa, integra conocimientos teóricos, práctica clínica, educativa y de otros ámbitos de intervención, aprendizaje vivencial, supervisión y revisión personal.

Una formación que nos invita a mirar no solo a las personas a las que acompañamos, sino también a quiénes somos cuando ocupamos nuestro rol profesional. Que nos permite ampliar nuestra comprensión de las relaciones humanas, de los vínculos, de las emociones y de los procesos de cambio. Y que nos ayuda a desarrollar una práctica más consciente, sensible y responsable, tanto en el acompañamiento individual como grupal.

Porque acompañar a otras personas requiere algo más que conocer técnicas: requiere saber cuándo, cómo, para qué y desde dónde las utilizamos, reconocer nuestros propios límites y asumir la responsabilidad que implica intervenir en los procesos de otras personas.

Mi reconocimiento al Psicodrama no nace de considerar que sea mejor que otros enfoques, sino de conocerlo, haberlo estudiado, experimentado, practicado y supervisado, y de seguir descubriendo sus aportaciones y sus límites. De saber lo que ha enriquecido mi manera de comprender y ejercer la Psicología, sin que eso me impida reconocer el valor de otras perspectivas.

Y desde ahí quiero seguir contribuyendo: a formar profesionales con conocimientos, criterio, sensibilidad y capacidad de reflexión; a construir espacios donde podamos aprender, cuestionar, experimentar y crecer sin perder el rigor ni el respeto por la diversidad de miradas.

Porque no se trata de defender aquello que elegimos como si fuera lo único válido, sino de conocerlo suficientemente bien como para reconocer su valor, sus posibilidades y sus límites.

Y ojalá aprendamos a mirar así también lo que eligen los demás: con curiosidad antes que con prejuicios, con conocimiento antes que con etiquetas y con pensamiento crítico antes que con juicios.

Porque comprender antes de juzgar también es una forma de cuidar nuestra profesión.

Mer Manzano Marcos

Psicóloga · Directora del Centro de Psicología MTE y de la Escuela de Psicodrama MTE

Referencias institucionales complementarias

Registro de Universidades, Centros y Títulos (RUCT) — Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. Permite consultar las titulaciones universitarias oficiales.

Real Decreto 822/2021 — BOE. Regulación de las enseñanzas universitarias oficiales, títulos propios y formación permanente.

Ley 33/2011 — BOE. Regulación de la Psicología en el ámbito sanitario.

Real Decreto 1125/2003 — BOE. Sistema europeo de créditos ECTS.

Asociación Española de Psicodrama — Formación. Información sobre criterios de formación y acreditación profesional.

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