Las emociones son reacciones rápidas e intensas que pueden surgir cuando nos ocurre alguna situación con el exterior o por nuestros propios pensamientos internos.
¿Qué tipo de emociones hay?
Hay dos tipos de emociones: las primarias y las secundarias.
Las primarias son universales y tienen funciones específicas: si algo nos da asco, lo rechazamos porque puede ser dañino para nosotras; si algo nos da miedo, nos ponemos alerta por si tenemos que huir o atacar; si algo nos pone tristes, nos facilita adaptarnos a pérdidas y encontrar el apoyo de otros; si algo nos produce ira, nos dota de energía para defendernos, poner límites o luchar contra injusticias; si algo nos sorprende, nos permite dirigir rápidamente la atención hacia ese suceso inesperado y, si nos produce alegría, nos ayuda a crear vínculos, repetir conductas que nos han gustado y querer explorar más.
Las secundarias son emociones más sociales, surgen de la forma en la que nos relacionamos con estas emociones primarias y también tienen una función. Por ejemplo, la culpa nos ayuda a reparar un daño causado a otras personas y la vergüenza, nos informa de que hemos hecho algo que va en contra de nuestros ideales, expectativas o de las normas sociales o nos permite protegernos si nos sentimos expuestos o evaluados por otros.
¿Cuáles son las fases de las emociones?
Las emociones siguen una evolución progresiva, van aumentando de intensidad si no hacemos nada con ellas hasta que llegan al punto de no retorno, en el que es muy difícil gestionarlas y suelen conseguir llegar a su punto álgido. La buena noticia es que, de manera natural, las emociones bajan de intensidad ellas solas después de llegar a su punto álgido. Cuantas más estrategias y herramientas psicológicas de regulación tengamos, alcanzaremos antes la estabilidad sin llegar a ese punto álgido y tan intenso.

Lo más adecuado es detectar cuándo una emoción comienza e identificar qué nos quiere decir; no debemos luchar contra ella, sino aceptarla y escucharla. Una vez identificada, hay que poner en marcha distintos recursos de regulación emocional, de los que hay dos tipos:
- Recursos de autorregulación: son aquellos propios de cada persona y los ponemos en marcha de manera individual. Para algunas personas les puede ayudar escuchar música, bailar, respirar profundo, hacer ejercicio, salir a pasear o leer; a cada uno nos viene bien una cosa. Cuanto más te conozcas, más sabrás lo que necesitas en ese momento.
- Recursos de corregulación: son aquellos en los que hay un otro, es decir, otra persona nos ayuda a estabilizar nuestra emoción, ya sea expresando lo que nos ocurre y siendo escuchados, otorgando tranquilidad con la presencia, con contacto visual o con contacto físico. De igual manera, el conocernos nos va a permitir elegir la manera de corregularnos más efectiva para nosotras.
Las personas sanas son capaces de llevar a cabo los dos tipos de regulación emocional. Algunos primero se autorregulan y luego se corregulan y otros viceversa.
Y tú, ¿Cómo sueles regularte?
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A veces, dar el primer paso es simplemente pedir ayuda. Si sientes que necesitas apoyo, puedes contar con acompañamiento profesional.
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