Es sábado por la noche. Estás en el sofá, con el pijama puesto, tu serie favorita de fondo y un Colacao en la mano. Estás tranquila, relajada… Es un momento estupendo. Pero en un momento de aburrimiento, desbloqueas el móvil y abres alguna red social, como Instagram o TikTok. De repente aparecen historias de tus amigas cenando fuera, vídeos de personas conocidas en el último concierto de Bad Bunny o fotos de un viaje improvisado de fin de semana en un sitio con el que llevas tiempo soñando.
No es que esos planes sean lo mejor del mundo, pero algo puede cambiar dentro de ti. Pueden aparecer sentimientos de culpa, insatisfacción o incluso la idea de que la vida de los demás es infinitamente más emocionante que la tuya. De golpe, tu plan de sofá y manta ya no te parece tan perfecto y empiezas a tener la necesidad de estar haciendo lo mismo que toda esa gente. Si alguna vez te ha ocurrido todo esto es porque has sido víctima del FOMO (Fear of Missing Out o el miedo a perderse las cosas).
En psicología, el término FOMO se lleva estudiando varios años, entendiendo que es un fenómeno de ansiedad real. Se define como esa necesidad casi adictiva de estar continuamente conectada con lo que hacen los demás, impulsada por el temor a que se estén divirtiendo o viviendo experiencias gratificantes de las que estamos excluidos. Pero, ¿Por qué algo tan sencillo como mirar una red social durante 5 minutos puede causar este efecto?
No eres exagerada, a tu cerebro le duele que no cuenten contigo
A veces tendemos a minimizar esta sensación de “dolor”, porque no entendemos cómo ver una foto en alguna red social nos puede doler como un golpe físico. Nos autoconvencemos de que son «tonterías», falta de madurez o de que somos exageradas y ya iremos otro día a ese plan. Sin embargo, existe evidencia que ha demostrado que nuestro cerebro no se toma la exclusión social a broma.
Si miramos años atrás, para nuestros ancestros prehistóricos, pertenecer al grupo, a la tribu, era una cuestión de vida o muerte. Si la tribu se iba a cazar o a celebrar algo y a ti te dejaban atrás, las probabilidades de sobrevivir solo ante los depredadores o las condiciones climatológicas disminuían mucho. Por eso, nuestro cerebro evolucionó para activar una alarma de peligro cada vez que detecta el rechazo social, la exclusión o la pérdida.
El problema es que hoy en día la «tribu» son las redes sociales. Cuando ves en tu pantalla que tus amistades han quedado sin ti, tu cerebro (la amígdala y el sistema límbico) no entiende que simplemente no cabías en el coche o que era un plan improvisado, sino que puede interpretar: «Alerta, te están excluyendo del grupo”.
Por eso, la evidencia ha demostrado que el dolor social (los sentimientos dolorosos que surgen del rechazo social, la exclusión o la pérdida) activa las mismas regiones neuronales (el tálamo, la corteza somatosensorial y el córtex cingulado anterior) que el dolor físico, lo que pone de manifiesto una posible superposición del dolor físico-social. Es decir, en nuestro cerebro se activan las mismas zonas cuando nos quemamos una mano con la sartén o nos damos un golpe en el pie que cuando nos sentimos apartados, el cerebro procesa el «quedarse fuera» como si fuera una herida física.
Estos estudios también permiten entender por qué el sufrimiento emocional prolongado (estrés crónico o depresión) puede provocar síntomas físicos, como dolor de cabeza o problemas estomacales.
La mentira de las redes sociales: se comparten “vidas perfectas” que no existen.
Cuando entramos a Instagram o TikTok, no estamos viendo la vida real de las personas, sino que solo vemos aquello que quieren enseñar: nadie sube una foto aburrida cuando está estudiando, limpiando el baño o discutiendo con su pareja, sino que se suele compartir más contenido que tenga que ver con el viaje idílico, la cena con luces perfectas en un sitio chulo o una foto con nuestra mejor sonrisa.
El gran peligro es que nuestro cerebro, de manera automática, compara nuestro «detrás de las cámaras» (en el sofá, cansado, con ojeras y en pijama viendo una película) con la «vida perfecta» de los demás. Esta comparación constante destruye nuestra autoestima, que es la percepción que tiene cada persona de sí misma, porque nos hace sentir que el resto del mundo evoluciona, viaja y es feliz mientras nosotras estamos estancadas.
Ya sabemos por qué duele. Pero entonces, si mirar las redes sociales nos genera esa ansiedad, ¿por qué no nos limitamos a cerrar la aplicación, apagar el móvil y seguir con nuestra película? Aquí es donde entra lo que las psicólogas llamamos el «refuerzo negativo».
El refuerzo negativo consiste en lo siguiente:
- Estás en el sofá, empiezas a sentir incertidumbre y comienzas a hacerte preguntas sobre lo que estarán haciendo otras personas («¿Estarán saliendo hoy?», «¿Se lo estarán pasando genial sin mí?»). Esa duda genera ansiedad.
- Para intentar disminuir esa ansiedad, desbloqueas el móvil y entras en alguna red social para saber qué están haciendo en realidad tus amistades.
- Al ver lo que hacen (o comprobar que no hacen nada), la duda desaparece por un segundo (bienestar a corto – medio plazo). Esa pequeña sensación de alivio es lo que se llama refuerzo negativo (eliminar algo que molesta) y lo que hace que repitamos esto una vez tras otra.
En resumen, el cerebro aprende que la forma más rápida y fácil de quitarse la ansiedad de encima es mirar la pantalla. Pero esto se convierte en una trampa, ya que, te vuelves esclava de comprobar el teléfono cada cinco minutos. Se alivia la tensión un segundo, pero a corto – medio plazo, porque pueden ocurrir dos cosas: o ves que están tranquilamente en su casa (y te quedas tranquila) o ves lo que están haciendo y al menos dejas de tener la duda.

¿Qué consecuencias tiene el FOMO para la salud mental?
El FOMO afecta a la salud mental. Algunas de las experiencias más frecuentes asociadas al FOMO son el aumento del afecto negativo, la mayor fatiga, el mayor estrés, los problemas de sueño o los síntomas físicos, entre otros. Además, se ha observado en numerosos estudios que el FOMO es más probable cuando estamos realizando actividades que son obligatorias, como estudiar o trabajar, que cuando son de ocio; y que es más frecuente los jueves, viernes y sábados, ya que son días en los que se nos pueden proporcionar más oportunidades sociales, entonces vienen más situaciones para sentir que te estás perdiendo otras cosas.
Concretamente las personas que viven con niveles altos de esta ansiedad digital suelen presentar dos problemas clínicos muy claros en consulta:
Insomnio y el fenómeno “vamping”(uso excesivo de dispositivos electrónicos):
¿Te suena lo de irte a la cama y pasarte una hora mirando el móvil cuando solo lo habías cogido para revisar Instagram 5 minutos? Esto es lo que se llama “scroll” y se refiere a que, cuando deslizamos el dedo por la pantalla, activamos varios sistemas cerebrales simultáneamente, creando una tormenta perfecta de recompensa y anticipación. En consecuencia, el miedo a perderse el último mensaje o la última publicación hace que nos cueste horrores desconectar. Esto altera la melatonina (la hormona del sueño), nos activa neurológicamente cuando deberíamos relajarnos y nos condena a un sueño de mala calidad.
Ansiedad y rumiación:
El cerebro de una persona con FOMO nunca está en el aquí y el ahora. Si está estudiando, piensa en la fiesta de mañana; si está en la fiesta, mira el móvil para ver qué hace el grupo que está en otra discoteca. Esta falta de atención plena genera un estado de alerta e insatisfacción crónicos que se perpetúa a lo largo del tiempo.
¿La solución? Del FOMO al JOMO
La buena noticia es que el FOMO es un hábito aprendido y que, como muchos otros, también se puede desaprender. Para ello, es imprescindible conocer el concepto de JOMO (Joy of Missing Out), es decir, el placer y la alegría de perderse las cosas.
Practicar el JOMO no significa irse a vivir a una cueva sin tecnología, sino aprender a elegir periodos de desconexión conscientemente. Significa entender que el tiempo y la energía humanos son limitados y que decir «sí» a una noche de descanso en tu sofá implica, necesariamente, decir «no» a otros mil planes que están ocurriendo a la vez, y no se acaba el mundo por ello.
Con disponibilidad y conciencia podemos encontrar alegría en la decisión de no involucrarnos, en lugar de sentirnos aislados por no tener otras opciones disponibles. Al final del día, la vida real ocurre en el único sitio donde las pantallas no tienen cobertura, en el presente, y, por eso, aprender a disfrutar de tu propia «vida sin editar» es el mejor escudo contra la trampa de “la vida perfecta” que otros muestran en las redes sociales.
BIBLIOGRAFÍA:
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