Cuando una pareja decide separarse, no solo cambia su vida, sino que también cambia la de sus hijas e hijos. Esto se debe a que no solo se modifica el núcleo familiar sino que, muchas veces, cambia el lugar de residencia, el círculo de amistades, el colegio o instituto al que acuden… es decir: se dan muchas transformaciones importantes.
Para los menores, el divorcio puede ser confuso y lleno de preguntas: “¿Es mi culpa?”, “¿Me querrán igual?”, “¿Todo será diferente ahora?”…
Sin embargo, no todas las personas reaccionan de la misma manera ante esta situación. Mientras algunas logran adaptarse con relativa facilidad, otras experimentan mayores dificultades emocionales y conductuales. En este sentido, comprender el apego resulta clave para entender estas diferencias y para saber cómo acompañar de forma adecuada.
¿Cómo afecta el divorcio a los hijos/as?
Los hijos e hijas de padres y madres divorciados pueden sentir una amplia variedad de emociones, que suelen ir acompañadas de múltiples conductas. Es habitual encontrar que se muestren más angustiados/as por la fragmentación de la estructura familiar, más tristes, más ambivalentes por la incertidumbre del futuro… A nivel conductual, estas emociones pueden manifestarse de diferentes formas: pueden mostrarse más retraídos/as, más irritables o desafiantes, e incluso pueden llegar a preguntarse si tienen parte de la responsabilidad en la separación.
No obstante, es importante señalar que el divorcio no siempre tiene consecuencias negativas. En contextos familiares conflictivos o disfuncionales, la separación puede ser la mejor opción para el bienestar de los infantes.
En cualquier caso, uno de los factores más relevantes es el cambio en las rutinas. La reorganización familiar puede generar inestabilidad, por lo que el apoyo del entorno resulta fundamental. Escuchar a los menores, validar sus emociones y ofrecer explicaciones adaptadas a su edad contribuye a que se sientan más seguros en este proceso.
Tipos de apego
El apego es el vínculo afectivo que los infantes desarrollan con sus cuidadores principales. Las experiencias a las que estamos expuestos durante la infancia condicionan e influyen en cómo nos relacionamos y en la forma de ser que tenemos cuando nos convertimos en personas adultas. En función de estas experiencias, se pueden identificar cuatro tipos principales de apego:
- Apego seguro: los infantes perciben que pueden confiar en sus cuidadores porque van a estar disponibles para responder a sus demandas, incluso en las situaciones de peligro o en las más difíciles, donde les ayudan a adaptarse a los cambios, como puede ser un divorcio. Si los padres no responden a la demanda les causa incomodidad, pero esta se resuelve de forma natural cuando reaparecen.
- Apego ansioso: los infantes perciben a sus cuidadores como imprevisibles e inconsistentes, es decir, que cuando su hijo/a tiene una necesidad, a veces la satisfacen correctamente y, otras veces, no, o sí que lo hacen, pero muy tarde. Ante la ausencia de los cuidadores, tienen mucha ansiedad, pero cuando la figura regresa, se muestran ambivalentes, ya que, por un lado, desean el contacto para aliviar esa angustia de separación, pero, por otro, les rechazan.
- Apego evitativo: los infantes perciben que, cuando tienen alguna demanda no obtienen respuesta a sus necesidades, por lo que les catalogan como no disponibles. Ante la falta de respuestas, evitan o ignoran a los cuidadores, adquiriendo una posición de autosuficiencia e independencia (en la medida de lo posible).
- Apego desorganizado: los cuidadores de estos niños y niñas han llevado a cabo conductas negligentes, generando que muestren miedo, necesidad y evitación del contacto con la figura de apego. Ante la ausencia del contacto con los cuidadores, los menores entran en un dilema, porque necesitan esa atención y esos cuidados, pero a la vez tienden a alejarse de ellos por miedo a lo que pueda pasar.
DIVORCIO Y APEGO ¿CÓMO SE RELACIONAN?
El divorcio, por sí mismo, no determina el tipo de apego que desarrollará el menor, ni el que mantendrá de adulto. Su impacto depende en gran medida de cómo se gestione la separación y de las experiencias posteriores.
Los niños y niñas pueden mantener o desarrollar un apego seguro si, a pesar de la ruptura, los padres continúan siendo emocionalmente disponibles, mantienen rutinas estables y priorizan el bienestar del menor, evitando así que este se responsabilice de lo que suceda. En este caso, el infante percibe que, aunque la familia haya cambiado, el vínculo afectivo permanece, por lo que, confía en los demás y tiene mejor capacidad de adaptación a los cambios. En estas circunstancias el divorcio no rompe el apego porque la base segura sigue presente.
El apego ansioso puede aparecer si el menor percibe inconsistencia, por ejemplo, cuando uno de los progenitores no cumple con lo acordado o muestra cambios impredecibles en su conducta. Esto genera una constante necesidad de vigilancia emocional. El divorcio aquí genera incertidumbre, dado que, el vínculo existe, pero no es predecible.
El apego evitativo puede desarrollarse cuando las emociones del menor son minimizadas o ignoradas, como, por ejemplo, cuando los niños y niñas dicen a uno de sus cuidadores que echan de menos al otro y solo les responden: “no pasa nada, no llores”. Ante la falta de validación, aprende a no expresar sus necesidades y a depender únicamente de sí mismo/a. Aquí el divorcio refuerza la idea de que los vínculos no son un lugar seguro.
Por último, el apego desorganizado suele vincularse a contextos de alto conflicto, discusiones intensas o situaciones de miedo. En estos casos, la figura de apego deja de ser una fuente de seguridad, generando una gran desregulación emocional en el menor y provocando que lleve a cabo conductas contradictorias. El divorcio aquí no es solo separación, sino una experiencia caótica, ya que, la figura de apego deja de ser segura y se vuelve impredecible o amenazante.
FACTORES CLAVE EN EL IMPACTO DEL DIVORCIO
Más que la separación en sí, el impacto del divorcio depende de cómo se gestione. La consistencia ayuda al infante a sentirse seguro al saber qué esperar de sus figuras de apego. La disponibilidad emocional le permite sentirse escuchado y comprendido. Por último, el nivel de conflicto es determinante, dado que, un ambiente tranquilo favorece la adaptación, mientras que la exposición a tensiones constantes puede generar malestar e inseguridad.
El divorcio no es, por sí mismo, un evento determinante negativo en el desarrollo de los niños y niñas. Su impacto depende principalmente de cómo los adultos gestionen la situación y del clima emocional que se genere en torno al menor.
Cuando los padres logran mantener una relación respetuosa, ofrecen estabilidad y priorizan las necesidades emocionales de sus hijas e hijos, es posible que estos desarrollen un apego seguro y una adecuada capacidad de adaptación. En cambio, la exposición a la inconsistencia, la invalidación emocional o el conflicto intenso puede dificultar este proceso y afectar a la forma en que el menor se relaciona consigo mismo y con los demás.
Por ello, más allá del divorcio, el verdadero reto consiste en seguir siendo unos padres sensibles, coherentes y emocionalmente disponibles, que permitan al menor sentirse seguro incluso en medio del cambio.
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