Salvar y ayudar, dos conceptos fáciles de distinguir en la teoría pero difíciles de diferenciar en la práctica. El problema radica en que algunas personas aprenden a que hay que ayudar a las otras, pero no saben cuándo hay que hacerlo y cómo. Además, hay veces que cuesta percibir que antes que un otro, hay un yo; y que, por encima de las necesidades del otro, están las propias.
Es natural no saber bien qué hacer cuando alguien pide ayuda ya que, en muchas ocasiones, se asocia el ayudar con ser “buena persona”, olvidando por completo que dar todo por el otro no te hace mejor o peor persona, hace que te olvides de ti y de lo que tú puedes, necesitas o quieres hacer.
Es importante que, antes de tomar la decisión de ayudar a alguien, tengas en cuenta: “¿Puedo hacerlo?”, “¿Quiero hacerlo?” y, sobre todo, “¿Me viene bien ahora mismo ayudar a esta persona?”. Después entra el debate de lo que sí es ayudar o lo que no.
¿Qué significa ayudar a los demás?
La acción de ayudar ocupa un lugar fundamental en la sociedad y en las relaciones, puesto que, ayudar y brindar apoyo a otros fomenta un sentido de comunidad que es clave para la salud, tanto la física como la mental. Sin embargo, cuando una persona pide ayuda a otra, esta no tiene la obligación de ayudarla, sino que puede decidir si hacerlo o no poniendo siempre por delante sus necesidades y su bienestar emocional. Por este motivo, ayudar no es solo hacer algo por alguien, sino ofrecer apoyo desde un lugar consciente, respetuoso y equilibrado, donde se tiene en cuenta a la persona y al otro a partes iguales.
Ayudar sin olvidarte de tus propias necesidades
Ayudar a alguien significa estar disponibles pero no a cualquier precio. Se da un proceso de acompañamiento, donde no se invalida, no se sustituye a la persona, y tampoco se hace cargo de responsabilidades que no correspondan, por eso, aunque sea muy importante la empatía, también lo son mucho los límites.
Cuando ayudamos a otra persona, no nos colocamos por encima de ella, sino a su lado, y se le facilitan las herramientas (en el caso de que se tengan) para que pueda atravesar de una forma más ligera su dificultad. Sin embargo, el querer ayudar a alguien tiene que ser una decisión que se toma desde la elección, no desde la obligación, para que la ayuda no nazca de la culpa o el sacrificio.
Como hemos mencionado anteriormente, no se ayuda a cualquier precio y por eso este proceso implica entender que no siempre se está disponible para los demás. Aprender a decir “no” es clave para anteponer la necesidad propia y contribuye a que no se ayude al resto desde el desgaste, porque esto puede evolucionar y convertirse en resentimiento.
Las emociones que aparecen al ayudar a los demás
El acto de ayudar puede dar lugar a diferentes tipos de emociones, habrá algunas más agradables, como la conexión con el otro, la satisfacción o el sentimiento de pertenencia; y otras que no lo son tanto y que son disfuncionales, como el miedo por lo que puedan pensar o la culpa. Todas ellas forman parte del proceso en el que la persona aprende a quererse.
Aunque ayudar a los demás no sea una obligación, es importante tener claro que elegirse a una misma no es incompatible con el querer ayudar y que, si se reconocen las necesidades propias, será más fácil ajustarse a las de los demás y se podrá ayudar de manera adecuada.
Además, ayudar de forma sana, genera reciprocidad y autonomía, donde cada una de las partes sigue siendo protagonista de su proceso, donde el dar y recibir ayuda se adapta al momento por el que esté pasando cada una.
En definitiva, ayudar es un equilibrio donde se acompaña sin invadir, entendiendo que es una forma de cuidado donde no solo se beneficia la otra persona, sino que también se respeta y se cuida a la que la ofrece.
¿Que significa «salvar a otra persona»?
Por el contrario, aunque el término salvar suena bonito, en lo cotidiano suele parecerse menos a un acto heroico y más a una trampa emocional, tanto para quien salva como para la persona salvada.
Salvar es cuando ves a alguien en una dificultad y, en lugar de acompañarlo/a a encontrar su camino, entras tú en la escena y haces el camino por esa persona. Es decir, eres tú quien decide, soluciona y resuelve. A través de ese gesto ocurren varias cosas.
¿Cuáles son las consecuencias de querer «salvar» a una persona?
Por un lado, te olvidas de ti. Dejas tus propias necesidades en segundo plano. Esto, a corto plazo puede hacerte sentir bien, con una sensación de gratificación inmediata, de utilidad o, incluso, de valía personal.
Por otro lado, aparece la consecuencia, que viene más tarde, ya que el salvar no deja espacio a la otra persona para pensar, equivocarse y descubrir sus propios recursos. Es decir, se le da la solución antes de que pueda construirla por sí mismo/a. Esto hace que el otro aprenda, sin darse cuenta, que necesita que alguien lo rescate. Y tú, sin darte cuenta, puedes empezar a sentir que tienes que estar ahí siempre. Es decir, que lo que al inicio era algo gratificante, poco a poco se vuelve pesado. Aparece el desgaste, pensamientos sobre “¿por qué tengo que estar siempre yo?”, “no puedo más”, e incluso, el enfado o frustración hacia esa persona y puede que también hacia ti misma.
Cuando ayudar se convierte en una necesidad de control
Salvar no es solo un acto hacia la otra persona. Habla también de una misma. Muchas veces existe una dificultad para establecer límites, una necesidad de control (“si no lo hago yo, va a salir mal”), o incluso, una necesidad de sentirnos valiosas, necesarias o imprescindibles.
Salvar implica una posición de superioridad. Un intento de alimentar nuestro ego desde una especie de “yo puedo y tú no.” Y eso, al final, acaba anulando a la otra persona. Y es ahí donde, bajo una apariencia altruista, se instala lo disfuncional.
En definitiva, salvar no es cuidar, no es ayudar. Es intervenir ocupando el lugar que le corresponde a la otra parte.
Tabla comparativa sobre las diferencias entre ayudar y salvar
A continuación, te muestro una tabla resumen en que puedes observar las diferencias entre los términos de “ayudar” y “salvar”.
| SALVAR | AYUDAR | |
| ¿Tienes en cuenta tus necesidades? | No, o al menos no primero. | Sí y luego en las de la otra persona. |
| Objetivo | Resolver por la otra persona. | Facilitar a la otra persona a resolver sus problemas. |
| Mensaje implícito | “No creo que puedas hacerlo solo o sola” | “Confío en tu capacidad y recursos”. |
| Límites | No poner límites en las relaciones. | Poner límites y cuidar de uno mismo y una misma. |
| Emociones agradables | Orgullo o gratificación (desde el ego). | Amor propio, orgullo (funcional). |
| Emociones desagradables | Rechazo hacia la otra persona, frustración, enfado. | Culpa, egoísmo, miedo a la evaluación negativa de la otra persona. |
| Tipo de relación | Relación de dependencia. | Relaciones recíprocas.. |
| Responsabilidad | Radica en ti las responsabilidades de la otra persona. | Cada persona es responsable de lo suyo. |
Ejemplo para analizar si estás ayudando o salvando a una persona
A continuación, se presenta un caso que puede ocurrir en la vida cotidiana. Imagina a Carla, una mujer que está sentada en el sofá de su casa un domingo terminando de hacer la declaración de la renta, le suena el teléfono móvil, es su amiga Carmen. Le pide que le ayude con su declaración, que va fatal y no entiende nada, es la primera vez que le toca hacerla y está muy perdida.
Si Carla elige salvarla, dejará lo que está haciendo porque aún tiene unos días para presentarla y ya casi la tiene terminada, irá a casa de Carmen y se la hará entera porque siente compasión por ella y entiende su agobio, ¿cómo la va a dejar tirada? Después Carla, al llegar a casa se da cuenta de que le quedaba más de la cuenta y que ahora necesita toda la tarde del lunes para terminarla y entregarla a tiempo. Aunque estaba muy orgullosa de sí misma por ayudar a su amiga y ahora está enfadada y frustrada, de hecho incluso se arrepiente de no haber marcado límites con ella y haberse responsabilizado de algo que le corresponde a Carmen.
En cambio, si Carla elige ayudar a Carmen, pondrá por delante sus necesidades, acabará su declaración primero, dándole el tiempo necesario porque aún le queda más de lo que pensaba y cuando haya terminado, podrá ir a casa de Carmen y enseñarle a hacerla, ayudándole con lo que tenga dudas y pudiendo así no responsabilizarse de todo el trabajo e implicando a Carmen para que no tenga que depender Carmen siempre de alguien que se la haga. Aunque Carla puede sentirse egoísta al principio, después, cuando haya ayudado a Carmen sin dejar sus cosas apartadas, podrá estar tranquila y orgullosa por estar trabajando en su amor propio.
¿Estoy ayudando o estoy salvando? Identifícate:
Por último, se exponen una serie de ejemplos en los que se especifica si eso se trata de ayudar o de salvar.
- Me siento responsable del bienestar de la otra persona (salvar)
- Si no estoy yo, todo se desmorona (salvar)
- Estoy disponible para que me digas lo que necesitas (ayuda)
- Si no lo hago yo, nadie lo hará (salvar)
- Me permito elegir si en esta ocasión si hago o no y hasta donde (ayudar)
- Me necesita (salvar)
- No se poner límites cuando alguien está mal (salvar)
- Me gusta estar presente cuando alguien lo necesita (ayudar)
- Yo se lo q te viene bien (salvar)
- No quiero estar presente por si me necesitan (evitar)
- Yo puedo con esto, aunque me agote (salvar)
- Si digo que no, le estoy fallando (salvar)
- Me siento bien acompañando las emociones de otra persona aunque sea una situación incómoda (ayudar)
- Prefiero hacerlo yo para que salga bien (salvar)
- Se lo que le conviene, aunque la otra persona no lo vea (salvar)
- Te apoyo pero la decisión es tuya (ayuda)
- Puedo decir que no y seguir queriendote (ayuda)
- No quiero que sufra (salvar)
Ayuda a quien quieras y puedas, sálvate solo a ti mismo/a y si estás tratando de salvar a alguien, pide ayuda.
¿Qué es para ti tener amor propio?
A veces aprendemos a cuidar las relaciones con los otros, a esforzarnos, a comprender, a ceder… Pero pocas veces nos enseñaron a no perdernos a nosotros en el intento.
El amor propio empieza en lo pequeño: en escuchar mi cansancio, en respetar un límite, en no forzarme a encajar donde no me siento cómoda. En cómo me hablo cuando nadie me escucha. En lo que hago conmigo después de fallar. En la manera en que sostengo mis emociones cuando aparecen el miedo, la culpa o la inseguridad. A veces el amor propio se ve como descanso. Otras veces como un límite. O como una decisión incómoda que sabes que te cuida a largo plazo.
Amarme no significa no dudar, significa no convertir cada duda en un juicio contra mi misma, significa preguntarme: ¿Estoy siendo justa conmigo? ¿Me estoy tratando con el mismo respeto que ofrezco a los demás? ¿Desde dónde estoy eligiendo?
Amor propio no es pensar que todo en ti está bien, es dejar de pelearte contigo por no ser diferente. Amarme es aprender a mirarme con verdad: reconocer mis luces, mis sombras, mis patrones… y aun así elegir acompañarme. Y no se trata de quererme más cada día. A veces se trata, simplemente, de tratarme un poco mejor que ayer.
Cultivar el amor propio no te aleja de los demás, es elegirte sin dejar de abrirte al mundo, es cuidar tu jardín sin cerrarle la puerta a nadie.
¿Qué es para ti ayudar a los demás? ¿y salvarlos? ¿conoces la diferencia entre una cosa y otra?
A veces pensamos que siempre tenemos que “ayudar” a los demás, porque es lo que hacen las buenas personas, pero puede que no nos paremos a pensar si eso es lo que nosotros queremos o necesitamos.
“Ayudar” significa priorizar mis necesidades, confiar en el otro para resolver sus problemas y darle facilidades, poniendo límites y cuidándose mutuamente. Si “ayudamos” construimos relaciones sanas y recíprocas, donde cada persona es responsable de lo suyo.
“Salvar ” significa olvidarme de mí, convertirme en el “resuelvetodo” y dudar de las capacidad que pueden tener el resto de personas. Si “salvamos” creamos relaciones de dependencia, donde tomas las necesidades de la otra persona.
Diferenciar entre ayudar y salvar es complicado, pero no imposible si siempre me tengo en cuenta por delante de todo. Y no se trata de olvidarme del resto de personas, sino de saber elegir cuándo sí quiero y puedo ayudar, y cuando decido mantenerme al margen.
Así que, deja de decirte si eres “buena o mala persona” en función de lo que hagas por los otros, y… ¡PRIORÍZATE!


