- “No no, es que me siento más cómoda escuchando que hablando”
- “Nada lo mío es lo de siempre, cuéntame tú, ¿cómo estás?”
- “Bueno, todo bien, cansada, pero no es nada”
- “No quiero molestar con mis cosas”
- “No quiero ser pesada”
- “Perdón, que te he soltado una chapa con mis problemas”
- “No quiero que mis problemas te preocupen”
- “Nada nada, todo está bien. De verdad que no, que estoy bien”
¿Te suenan estas frases?
Muchos de nosotros hemos crecido en un sistema que promueve la soledad y que vende la independencia emocional como algo a lo que debemos aspirar para ser fuertes e independientes. ¿Cómo nos llega esto? Con mensajes como:
- “si lo sabes gestionar sola eres más fuerte”
- “si te afecta eres débil”
- “¿cómo vas a ponerte así por esa tontería?”
- “Hija te pasa de todo, ¿no será que eres demasiado sensible?”.
- “Bueno bueno, eso son cosas de críos, si supieras lo que son los problemas de verdad…”
¿Te suenan esas frases?
La falta de sostén emocional y la invalidación en distintos momentos de nuestra vida nos ha grabado frases bastante cotidianas que promueven nuestra propia invalidación, nuestra sensación de “tengo que poder con esto yo sola” o nuestro sentimiento de “molestaré si lo cuento a otros”. De forma consciente o inconsciente, muchas veces nos relacionamos desde la autoprotección, desde la barrera, pensando que así nos cuidamos y cuidamos al otro, ¿es de verdad así? ¿O es una forma de no promover nuestra intimidad y crear vínculos y relaciones sanas y de sostén?
Existe la dependencia y la independencia como dos polos opuestos donde ninguno de los dos acaba siendo sano ni beneficioso, pero también existe un punto intermedio que nos ayuda a vincular, a dar importancia a lo nuestro y a crear relaciones bonitas: la interdependencia.

En un extremo, está la dependencia, donde dependo del otro para todo. Esta es la dependencia que podíamos necesitar al inicio de nuestra vida, ya que cuando nacemos no somos capaces de sobrevivir por nosotros mismos, sino que necesitamos a otro que nos cuide, nos alimente y nos de afecto y sostén. A medida que crecemos, esta dependencia se debería ir disipando a medida que voy adquiriendo herramientas, estructura y capacidad para desenvolverme sola, pero muchas veces, el miedo de nuestros progenitores o personas cuidadoras, no nos permite promover nuestra autonomía, sino que promueve sentimientos de invalidez e incapacidad, de no desarrollar nuestra propia critica y sentido, sino depender de lo que el otro piensa, necesita y es. En este lado del péndulo, se prioriza la opinión y necesidad externa a la interna, por lo que no me permite relacionarme de una forma sana y cuidadosa para mí misma.
En el otro extremo está la independencia, donde no dependo del otro para nada, donde intento ser yo por mi propia cuenta, donde yo desarrollo sola y no necesito del otro. “Como no he sentido ese apoyo antes, para qué voy a buscarlo ahora que puedo hacerlo sola”. Este punto es igual de insano que el anterior, ya que, aunque sea capaz y pueda aprender, muchas veces lo hacemos hasta puntos que nos sobrepasan, puntos donde cargamos “de más” por motivos distintos a la capacidad, sino más bien relacionados con “no me van a escuchar”, “Tengo que demostrar que puedo con esto”, “si lo cuento parecerá que soy débil”, “para qué voy a pedir ayuda si ya sé la respuesta”… Las personas que estamos en este punto del péndulo, hemos aprendido a desarrollarnos por nuestra cuenta, sin un sostén emocional o alguien que nos de esa muestra externa de ayuda que, en algún momento de nuestra historia, hemos necesitado y no hemos obtenido. Esto me puede ayudar a desarrollar pero con ciertos límites, ya que somos seres sociales, necesitamos del otro, y tratar de evitar esa ayuda y marcar distancia emocional habla más de nuestro aprendizaje que de nuestra verdadera necesidad.
Y en el punto medio, está la independencia sana: la interdependencia. ¿Qué es esto? Es coger lo mejor de ambas partes, es permitirme apoyarme en mis seres queridos, permitirme ayudarme o enseñarme si no sé hacer algo, permitirme compartir mis problemas y necesidades y desarrollar, obtener otros puntos de vista y flexibilizar mi foco, o simplemente permitirme sentirme escuchada. Este punto no me quita fortaleza, valor o capacidad, sino que me da más al permitirme exponerme y mostrar quién soy. Muchas veces no nos mostramos y marcamos un muro con el otro, pero permitirnos reconocer el punto en el que estamos nos ayuda a comprender qué necesitamos trabajar para llegar a un bienestar interior y de cuidado (con la relación conmigo y con la relación con el otro).
Este camino es un proceso, donde tengo que valorar qué necesito, en qué punto estoy y… ¿Cuánto quiero ser capaz de aguantar esta situación? ¿Necesito aguantar algo? ¿Cómo sería más sano para mí relacionarme? ¿Qué necesito para ello?
Si en algún momento necesitas apoyo, sostén, escucha o ayuda, desde el Centro de Psicología Mte te podemos brindar ese acompañamiento para que puedas desarrollar y dar lo mejor de ti.
¿Alguna reflexión? ¡Te leemos!


